“Ya… si la teoría me la sé”… Dice el paciente en sesión… Y a mí, ya me podéis perdonar, pero me sale el tic en el ojo con ese comentario. ¿Teoría? Entonces me surgen (y me urgen) unas ganas enormes de rebatir y decir “¡No es teoría! ¡Es práctica!”. Pero, al mismo tiempo, siento que algo he debido de explicar mal en la sesión de terapia si la persona que tengo delante no ve la unión entre ambas cosas.
Mente y cuerpo. Teoría y práctica. El dilema de todos los tiempos.
Por este motivo hoy me gustaría contar una experiencia personal que he vivido este verano con mi familia en la que se puede vislumbrar la teoría APLICADA que es la psicología.
Todo ha pasado durante el mes de agosto de 2026. Este año hemos visitado Perú y durante meses hemos entrenado y hecho caminatas por el monte para prepararnos para nuestro gran reto: el Camino Inca de 4 días. Tened en cuenta que en esta ruta se duerme en tiendas de campaña, se llega a una altitud de 4.200 metros, diariamente se camina durante más de 7 horas y, dato importante, hemos viajado con dos niños de 12 y 8 años.
Durante meses hemos vivido pensando que el Camino Inca era un reto físico, y cuál ha sido nuestra sorpresa al darnos cuenta de que se iba a tratar realmente de un reto PSICOLÓGICO.
Día 1. Empezamos felices y emocionados. Un día soleado nos acompaña desde primera hora del día. Esto no dura mucho, tras comer al mediodía el tiempo cambia por completo y empieza a llover (jarrear).
Y ya.
A partir de este momento, literalmente llovió TODOS los días a mares (menos al atardecer del último día y en nuestra llegada a Machu Picchu). Es decir, 3 días completos de caminata jarreando sin parar mañana y noche.
Os podéis imaginar lo que supone tener la ropa justa, unas botas de monte únicas y que no pare de llover… No existía nada que no tuviera agua durante todo el trayecto. Se formaban ríos en el camino, se desbordaban los ya existentes. De hecho, al volver a la civilización nos enteramos de que nos había pillado una DANA y que el trayecto se cerró al turismo por seguridad poco después…
¡Total! Nos ponemos en situación y resulta que el día 2 tú te levantas y ya sabes que ese día tienes que caminar durante 10 horas (de 6 de la mañana a 6 de la tarde parando dos horas para comer) con todo empapado. Sabes también que te esperan por delante más de 4.000 peldaños de subida (con altitud), y que la bajada será arriesgada porque la piedra del suelo está calada (y puede resbalar). Te imaginas también que, a pesar de la dureza del recorrido, no verás nada más que niebla en el camino. Y si te paras, frío, ¡por supuesto! Porque la altitud es lo que implica… la bajada de las temperaturas.
Así que lo único que piensas es: “¡Quién me habrá mandado a mí hacer el Camino Inca en época seca si todos conocemos el cambio climático!”… “¿No debería yo estar ahora en alguna playa del sur de España?”… y no podía faltar la clásica culpa “¿Qué tipo de madre soy que expongo a mis hijos a estos peligros innecesarios?”. Entonces te entran ganas de llorar y más aún cuando ves que tus hijos lloran, porque todos sabemos de la existencia de las neuronas espejo.
Con este panorama, o aplicamos la psicología o la situación se acaba convirtiendo en un infierno terrenal… Así que puse en marcha lo que después he llamado “la MENTALIDAD INCA”, que no es otra cosa que aplicar herramientas de resiliencia mediante mantras.
Un MANTRA es una frase que nos repetimos mentalmente (también funciona en voz alta) y que lo mismo nos puede ayudar que nos puede destruir. Mi hijo mayor empezó a decir en este contexto “no quiero estar aquí, no quiero estar aquí”, y evidentemente no es un mantra muy alentador teniendo en cuenta que SOLO PODÍAMOS ESTAR AHÍ en ese momento.
Así que, cuando no puedes cambiar una situación (porque no depende de ti), lo único que puedes cambiar es lo que te dices a ti misma/o sobre ella. Elegir los mantras era algo que dependía completamente de nosotros. De este modo, ¿para qué repetirnos mensajes que nos ponían obstáculos pudiendo elegir mantras que nos ayudasen? Por supuesto la realidad no iba a cambiar. Sin embargo, cambiando el significado y el foco de atención podíamos hacer la caminata más llevadera. Y creedme que esto no fue teoría porque tuvo un impacto directo en cómo nos sentimos.
La primera herramienta fue la ACEPTACIÓN. El mantra que utilizamos fue “ACEPTAMOS EL AGUA”. En verdad podíamos no aceptarla y luchar en vano contra ella. Una lucha emocional, ¡claro está!, porque no iba a cambiar nada en realidad. Cagarnos en todo lo que se menea con nuestras botas caladas, estar de mal humor y arrepentidos, etc. Pero, si aceptamos el agua, entendemos que, a pesar de ser súper incómodo, no deja de ser agua, a fin de cuentas. No es nada más que AGUA. ¡Aceptemos que estamos mojados y sigamos nuestro camino!
La segunda herramienta fue el FOCO. El mantra que utilizamos fue “CORAZÓN CALIENTE”. Redirigir nuestra atención a la parte de nuestro cuerpo que teníamos caliente (el corazón, bombeando sangre mientras caminábamos) y no a la mojada (los pies, brazos, etc.), nos ayudó a fijarnos en lo que todavía nos proporcionaba cierta sensación de bienestar. Así que focalizarnos en lo que nos ayuda es más estratégico que quejarnos.
La tercera y última herramienta fue RELATIVIZAR. El mantra que utilizamos fue “ES TEMPORAL, NO ES PARA SIEMPRE”. Ahora mismo puedes estar viviendo un infierno, pero, aunque no te lo creas, no durará siempre. Incluso lo que es eterno (la muerte) no dolerá siempre con la misma intensidad.
Y, después de todo, al final salió el sol e iluminó La Veronika…
… porque superar un obstáculo nunca fue cuestión de esperar a que escampe, sino de descubrir que eres capaz de avanzar bajo la lluvia…
Quizá en eso consiste el proceso de terapia.
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