Hoy hemos podido entrevistar a Victoria Martínez, psicóloga-psicoterapeuta y directora del Centro de Psicología Victoria Martínez, ubicado en Zaragoza y el que cuenta con un equipo de psicólogas expertas en duelo, psicología perinatal, psicoterapia infanto-juvenil, terapia breve y neuropsicología. Ella está especializada en Trauma y Apego, es experta en Psicología Forense y en Trastornos de la Personalidad y autora del método Emociona-T, con el cual trabajamos en Centro Psicología Bilbao.

Recientemente impartí una formación a Victoria y parte de su equipo en reeducación de dificultades de aprendizaje y no quise perder la oportunidad de entrevistarle para hablar un poco de trauma. Espero que os guste esta entrevista tanto como a mí me ha gustado :).

1. Últimamente se escucha mucho hablar sobre trauma, pero ¿qué es realmente?

Es una palabra derivada del griego que significa “herida”. Así, el trauma es una herida psicológica. Cuando una experiencia no puede ser procesada emocionalmente porque nuestro cerebro ve sobrepasada su capacidad de afrontamiento, entonces, nuestra memoria tiene que almacenar de forma fragmentada dicha experiencia (pensamientos, conductas, emociones, reacciones fisiológicas…). A esto es a lo que llamamos trauma. Los eventos traumáticos son situaciones estresantes que suelen cumplir una serie de características que los definen:

  •  Ocurren de forma inesperada o fuera de toda norma (esto incluiría los abusos o maltrato continuados) y resultan incontrolables para la persona.
  • La persona siente una situación de amenaza, peligro o ataque y ésta sobrepasa la capacidad que percibe la persona para poder manejarla.
  • Perturba los marcos de referencia de esa persona y los esquemas mentales básicos que le servían para entender y manejarse en la vida.

2. ¿Cómo es posible que una misma situación pueda conllevar un trauma para una persona y para otra no?

Existen características personales de tipo disposicional y rasgos de personalidad que “modulan” las reacciones de las personas a las situaciones estresantes, que explicarían posibles diferencias individuales en las reacciones de estrés. Así, se han estudiado la personalidad resistente y la resiliencia como dos variables potenciadoras de la salud. La personalidad resistente se refleja en el grado en que las personas son capaces de expresar compromiso, control y desafío en sus acciones, pensamientos y sentimientos (Kobasa, 1979, 1982; Maddi, 1990; Ouellette, 1993). Por otro lado, la resiliencia es la capacidad de las personas de flexibilidad, resistencia, adaptación y recuperación ante situaciones estresantes. Además, influyen otros factores como la respuesta de la red de apoyo social que se ha demostrado de gran influencia en la recuperación del trauma, así como el agotamiento emocional por haber sufrido traumas previos, influyendo éste último de manera desfavorable.

3. ¿Crees que se pueden superar realmente los traumas de la infancia o siempre quedará algo?

Hoy en día contamos con diversas técnicas, como EMDR, Shec o terapia sensoriomotriz, con gran evidencia científica que nos están permitiendo obtener muy buenos resultados en el tratamiento de eventos traumáticos, logrando niveles de funcionalidad adaptativos y saludables. Con el tratamiento psicológico adecuado y especializado, podemos lograr que los pacientes construyan otra narrativa del evento traumático y se logre un reprocesamiento de la información que permita integrar las distintas partes de manera adaptativa. Es decir, el trauma seguirá estando, pero la persona habrá logrado darle un nuevo significado no traumático para sí mismo y que no produzca sintomatología psíquica o activación psicofisiológica. Para realizar un tratamiento completo será necesario también trabajar con la experiencia somática para que no se quede el trauma fijado al cuerpo o a lo sensorial.

4. En el caso de los niños y niñas, ¿qué indicadores nos pueden hacer sospechar que pueda haber un trauma y que se requiere de ayuda profesional?

Los síntomas más frecuentes tras sufrir un trauma es desarrollar un Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), cuyos síntomas principales, tanto en adultos como en niños, serán:

  • La re-experimentación del acontecimiento traumático con pensamientos intrusivos durante el día (flashbacks) o durante el sueño (pesadillas).
  • La evitación de recuerdos, lugares y situaciones relacionadas con el acontecimiento traumático.
  • Embotamiento afectivo.
  • Incremento de la activación (hiperactivación fisiológica, problemas de sueño, etc).
  • Estado de alerta permanente.

Sin embargo, en niños, puede adoptar esta sintomatología o manifestarse de otra manera: problemas de conducta, pérdida de interés en sus actividades habituales, aislamiento social, agitación motora, conductas repetitivas, juego simbólico reiterativo del suceso traumático, falta de atención, retraimiento afectivo, descenso del rendimiento académico, conductas regresivas (como pérdida de control de esfínteres), mutismo selectivo, rechazo a separarse del cuidador, negarse a hablar de lo sucedido, somatizaciones (dolores constantes de tripa sin causa orgánica, por ejemplo), sentimientos de culpa, de ira, miedos no evolutivos, preocupación por la muerte a una edad temprana, etc.

En los casos más graves, nos encontraremos con sintomatología de tipo disociativa, en la que pueden sentirse separados de su propio cuerpo, o que el mundo es irreal. Aquí es frecuente que no puedan recordar detalles importantes del evento o recordarlos de manera incorrecta; en algunos casos pueden aparecer amigos imaginarios que les ayudan a soportar el impacto del trauma.

Siempre que se haya producido un trauma deberíamos consultar con un profesional de la psicología especializado en trauma para que pueda valorar la necesidad de tratamiento, dado que puede parecer que no hay secuelas en un primer momento y, sin embargo, aparecer años más tarde de manera cronificada.

5. ¿Hay diferentes grados de trauma?

Sí. Hay indicadores generales que nos pueden informar sobre aquello que producirá un mayor impacto psíquico: se sabe que el impacto suele ser mayor si el evento traumático ha sido producido por el ser humano (maltrato, abuso, violencia) y no por un agente de la naturaleza (catástrofes naturales); si la persona que lo ha provocado es conocida por el individuo también tiende a producir un impacto mayor, más aún si la víctima se trata de un menor y el agresor era una de las figuras de cuidado; otro aspecto a tener en cuenta es si el lugar en el que ha sucedido era un lugar familiar para la persona, en el que se supone que debería haber estado a salvo, o si es un lugar público al que puede evitar volver.

Además, los profesionales hablamos trauma de Tipo I y de Tipo II. Los traumas de Tipo I, también llamados “T”, suponen un amenaza para la vida y conllevan gran implicación emocional, produciendo una fractura en la biografía de la persona, por ejemplo, desastres naturales, accidentes de tráfico, atentados terroristas, abusos sexuales, pandemia, etc.

Los traumas de Tipo II o “t” son aquellos en los cuales la experiencia en sí misma es soportable por el ser humano, lo que la convierte en traumática es su continuidad en el tiempo. El desgaste emocional que supone su prolongación en el tiempo, junto con la sensación de indefensión aprendida, es lo que sobrepasa la capacidad emocional de afrontamiento y, por tanto, produce la herida o trauma. Bullying, malos tratos (psicológico o físicos leves, porque los físicos graves pueden producir “T”), un ambiente poco afectivo, la negligencia en el cuidado, divorcios en los que se utiliza a los hijos para el propio interés, inversiones de roles familiares, entre otros, son ejemplos de este segundo tipo de trauma.

Sin embargo, la gravedad del trauma no dependerá de su tipología u origen, dado que puede ser tan dañino un “Trauma” como un “trauma”.

Lo que realmente marcará el diferente grado de trauma son variables personales como la historia psíquica previa de la persona, su capacidad de resiliencia, la responsividad de la red de apoyo social y sus estrategias de afrontamiento, la reiteración del evento traumático a lo largo del tiempo y el momento en el que se haya producido. Así, contrariamente a lo que la gente suele pensar, cuanto menor edad tenga la persona, mayor puede ser el impacto traumático. Por ejemplo, está demostrado que los traumas pre-verbales, es decir, aquellos que se producen en bebés que aun no tienen adquirido el lenguaje, se instauran directamente en el cuerpo, pudiendo producir secuelas aún mayores.

6. ¿Cuáles son las consecuencias futuras que puede suponer un trauma?

Pueden suponer diversidad de síntomas desde los más simples como ansiedad, depresión, fobias, trastorno por déficit de atención, hiperactividad, trastornos del comportamiento, trastornos del sueño…, hasta trastornos más complejos y que abarcan una estructura más amplia del aparato psíquico, como trastornos de la personalidad, trastorno obsesivo-compulsivo, trastornos somatomorfos, trastornos alimentarios, adicciones, o trastorno de identidad disociativo.

7. En términos generales, ¿qué recomendaciones se pueden dar al ámbito familiar y/o escolar para abordar el trabajo con una persona que tiene un trauma?

Estar atentos a posibles síntomas de los anteriormente descritos que puedan ser indicativos de la presencia de algún tipo de malestar psíquico y acudir a un psicólogo especialista que pueda evaluar la presencia de un trauma. Desterrar la idea de que los niños se adaptan a todo y que no les afectan las cosas solo porque no las expresen abiertamente o no hablen sobre ellas. Creer siempre a los niños cuando nos cuenten que han sufrido algún evento traumático, aunque nos cueste darle verosimilitud dado que, como ya he indicado anteriormente, la responsividad de los adultos encargados del cuidado es uno de los factores demostrados de intensidad de trauma, esto es, si los adultos que deben dar una respuesta de cuidado no creen al niño y actúan negando, ocultando o minimizando lo sucedido, estamos aumentando el trauma, al entrar el niño en un estado de indefensión y pudiendo sentir que merecía lo sucedido. Por ello, es fundamental que los adultos conocedores del evento traumático den una respuesta acorde y coherente emocional, física y legalmente a lo acontecido. Empatizar con el menor, observando más allá de su conducta y entendiendo ésta como una manifestación del malestar, por ejemplo, no acusando y focalizándose en el mal comportamiento, sino entendiéndolo como una salida e indicador de malestar emocional.

 

¡Muchas gracias Victoria por tu profesionalidad y por compartir esta información!